Pessoa afirmaba que todas las cartas de amor son ridículas, y creo que esta no será una excepción. No sé si es ridículo decir que me he aprendido de memoria el relieve de tus hoyuelos, o que me desvivo si me miras, o que mi verdad eres tú. Se supone que tendría que sentirme asustada al decir todo esto...es más, creo que lo estoy. Pero no me asusta sentirlo. Tengo el miedo tan olvidado que ni siquiera recuerdo los abismos a los que nunca me atreví a lanzarme. Ni las dudas. Pesso decía que las cartas de amor, si hay amor, son ridículas. Quiero que seamos ridículos. Me da la impresión de que por fin he aprendido que lo más cerca que se puede estar de una persona es el momento el que te hace latir, aunque sea un descontrol, no importa… y que se erice la piel. Es decirle que la felicidad es algo así como no querer estar en otra parte. Pessoa decía que todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos, son ridículas. Y yo digo que sí, pero que no me importa nada. Que estamos en una espiral, que formamos el plural más precioso que existe, y que nos encontraremos. Sin miedo. Sin dudas. Sin control.
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